A 45 AÑOS DE LA TOMA DEL CUARTEL VIEJOBUENO

En casas de Berazategui y Varela, se concentraron las compañías Combate de San Lorenzo, con seis rosarinos, y Decididos de Córdoba, con el sargento ‘Ernesto‘; la responsable de Comunicaciones, Silvia Schliamser y ‘La Gorda Rosa’ Zulma Rosario Ataydes.

Debieron abandonarla –con sus 80 colchones– el 8 de diciembre por la caída del jefe Juan Ledesma. Habrían de ser re localizados en Ranelagh hacia el día 12. Cuatro de ellos asaltaron la armería Checchi Hnos., de Wilde y, al día siguiente, el 18, fueron desaparecidos José Oscar Pintos, responsable de Logística en la Regional Sur, y el jefe Jorge Omar Arreche, con un par de planos de las contenciones. Como reemplazo, vendrá Hugo Irurzun, desde Tucumán.

–La operación está cantada –comentaron Osvaldo Busetto y ‘Fierrito’ Juárez Adrián Saidón, de Quilmes. No fueron oídos.

Ya eran tantos que debieron dormir en el suelo en la casa sin muebles. Con cigarrillos negros, ahuyentaban a los mosquitos y casi todos los días comían arroz con salchichas.

El Hippie, en Contrainteligencia al igual que el ‘Tata‘, debió cortarse el pelo como militar. Se le reían. Otro, tildado de ‘servicio’ (espía) en la Facultad, por ser bombero de Policía, no era sospechoso para el ERP: Jorge Horacio Moura (hermano del futuro músico de Virus) habría de ser el primero en enfrentar las balas.

A Ranelagh fueron llevadas las escopetas ‘recuperadas’ en Wilde y 22 FAL, en viajes que hicieron Coco y El Oso Jesús Ranier, quien había armado unas granadas en potes plásticos de crema Pons, con una mecha corta metida entre el detonante y el explosivo, y le enseñó a La Negra a usar armas cortas.

El domingo 21, llegaron a un chalet de 37 caídas de tejas en Varela. Entre los 50 de la Compañía Juan de Olivera, estaba Carlos Viñas, responsable político de la Regional Sur. Norma Finocchiaro, embarazada de tres meses. ‘Aurora‘ Mercado, trabajadora de Alpargatas en 1971, juzgó bonachón al sonriente ‘Oso’. Ahí se repartieron dinero para, después de la acción, huir en colectivo. Algunos fueron a espiar las cercanías del cuartel desde un puesto de venta de pan dulce.

Al atardecer, en la habitación más grande de Ranelagh, 60 apiñados en el piso oyeron nada menos que a Roberto Santucho:

–Será la acción revolucionaria más grande de la historia de Latinoamérica; más grande por su envergadura que el asalto de Fidel a la Moncada. Desmoralizar a las fuerzas armadas retrasará su plan para tomar el poder. Las armas que habremos de tomar servirán para consolidar una zona liberada en Tucumán.

‘Darío’ planteó dudas respecto de la seguridad, sobre todo con las torres de agua del cuartel.

–Si hubiera la más mínima posibilidad de que fracasara, esta operación no se haría –respondió Santucho, ya advertido por Montoneros respecto de un infiltrado, aunque “en Capital”.

El lunes, ayunaron. Pero después de las 14, supieron, por el colimba Patora, que el cuartel estaba muy reforzado. La postergación permitiría otro engullida del inevitable arroz con salchichas.

Pero el Ejército, por su infiltrado, también supo de la postergación. Relajaron los controles.

En la casa de las 37 caídas, repartieron armas; la mayor, una ametralladora Colt de 1928.

Las sospechas de ‘Fierrito’, en Bosques, fueron compartidas con Irurzun, quien quedó pensativo. Ahí, Macedo, muy jovial y risueño, mostraba la metra y el mecanismo para enfriar el caño.

El Oso entró a dejar armas y granadas. Fierrito y Busetto se despidieron:

–¡Qué mala suerte que no nos veamos más!

‘Fierrito’ (ex Ramiro) fue trasladado a Ranelagh, en días en que no hubo agua. Allí se encontró a tres con los que había combatido en Manchalá, Tucumán: ‘Juan‘ (del altiplano); ‘Domingo‘, con un hoyuelo en el mentón, y el teniente Néstor Alberto Agorio, con quien fue a compartirle al capitán ‘Miguel‘ su sospecha de que la operación estaba cantada. Attademo asintió pero calló.

El 23 al mediodía, un camión de gaseosas que venía desde Varela fue ‘recuperado’, llevado a Lomas y a Glew, donde la teniente Silvia Gatto hizo subir dos morteros y otras armas a instalar en el sudeste del cuartel.

Mientras, ante el relajamiento de las guardias en el cuartel, los 72 incursores se aplicaron la vacuna antitetánica y en los brazos se escribieron el tipo de sangre. Otros 5 fueron destinados a Sanidad; 3 iban al mando y 4 a un comando especial a cargo de Irurzun quien, rengo por una herida en Manchalá, organizó el doble anillo de contenciones. Santucho le transmitió a Urteaga, y éste a Attademo, la autorización para proceder. Mordían el anzuelo.

Benito Urteaga fue a Ranelagh:

–Compañeros: Estoy muy orgulloso de que el Batallón Urbano Gral. San Martín entre por primera vez en acción. Al tomar veinte toneladas de armamentos, le daremos un golpe muy fuerte al gobierno y a los militares…

Ahí presentó a ‘Patora’, el conscripto informante que, descubierto, debió abandonar el cuartel.

Luego, se pusieron los DNI y el dinero para viáticos en una bolsita de nylon para que, si caían a una zanja, no se mojaran, y se lo pegaron al cuerpo.

Llamaron a los bomberos con falsas alarmas desde Vª Domínico a Varela; tirotearon comisarías. Después de las 18, en Pasco y Caaguazú, una decena de guerrilleros (la mayoría, mujeres) cortaron el tránsito y pararon un tren sobre las vías, sobre la que pusieron bombas.

Desde las 18.30, sobre Zapiola y Montevideo y el arroyo San Francisco, estuvieron la Gorda Rosa Ataydes más otros tres.

El delegado de Rigolleau

En otras contenciones, para replegarse, los del ERP tiraron granadas; subieron a la Chevrolet; doblaron en Giribone; chocaron contra un coche; bajaron y corrieron con tres heridos a cuestas; se tirotearon con policías. Asaltaron un Dodge 1500; con Luis Menéndez (27, delegado en Rigolleau) al volante, huyeron a tiros. En España y Belgrano fueron cruzados por otro patrullero que, a una cuadra, les agujereó los neumáticos; bajaron cinco aunque dos retrocedieron hasta un garaje para tomar un 504 gris en el que, siempre con los heridos, huyeron hasta Mitre donde, por un desperfecto, debieron bajar. Tomaron una Ford anaranjada.

El móvil policial 1 se demoraba en España y Belgrano para cambiar al chofer herido mientras se acercaban otros tres patrulleros, todos Falcon ‘74.

El móvil 4, hacia el Sur, alcanzó y disparó a la F100 anaranjada. Pero desde otra camioneta que se le pegó atrás, recibió cinco impactos, hasta que se alejó de Av. Mitre. Liberado, el móvil 4 reanudó los disparos contra la F100. Acertó a la nuca del delegado de Rigolleau.

La F100 dio contra un Citroën estacionado; subió a la vereda y chocó la pared de Mitre 4585.

Los policías frenaron y, parapetados tras las puertas, dispararon y recibieron. Se sumó el móvil 1; también el 5 pero, al doblar en Mitre 4100, mordió el cordón y chocó contra una pared con lo que su chofer, Jorge Ortiz, salió despedido. Rubén Sedano fue herido en el pómulo. Al agente Rubén Walratti, una granada de gas lacrimógeno que pretendía lanzar le explotó en la panza.

Carmen, con un tiro en la cabeza, disparó hasta agotar municiones; habrá de morir 16 balazos después. Su esposo herido, Francisco Blanco (25), agotó la escopeta; morirá con 26 impactos. Vicente Lasorba (25), tras 28 impactos, cayó con el rostro hacia arriba y los ojos abiertos.

Desde su vehículo, el berazateguense Hugo Patanella fue involuntario testigo de cómo saltaban los cuerpos ante los balazos del sargento Emilio Martini; los cabos Buch, Roldán y el agente Héctor Martín.

Tras 7 km de persecución y siete baleados, los 12 impactos en los patrulleros contrastaban con los 400 en la camioneta donde Víctor Mosqueira (19 años), colgaba con los brazos abiertos y la mirada perdida.

Los que no tenían nada que ver

En Camino GB y 12 de Octubre, rumbo a Avellaneda, detuvo el auto Carlos Siniscalchi (29 años). Llevaba a su esposa; su hijo Juan Manuel, de 2 años, y a Alfredo Noriega con quien trabajaba en Cultura de Varela. Varados, veían las llamaradas de un vehículo sobre un puente a 300 metros y, en el fondo, lo que parecían relámpagos. Por detrás, percibieron que se les acercaba una luz muy potente y un ruido como de chapas arrastradas por el pavimento. Miraron por los espejos a una silueta militar que, asomada a una torreta, gritó:

–¡No se pare; páseles por encima!

Siniscalchi atinó a poner primera y mandar el auto sobre la vereda donde había una casilla prefabricada de muestra para la venta; la tiró y quedó ahí. Cuando pasó el tanque, y una decena de camiones con soldados, salió hacia Calchaquí. No sabía qué sucedía. Al llegar a la estación Shell, frente a Camineros, bajó el vidrio y preguntó a un policía. Lo vio sacar la pistola, apuntarle y, con temblor evidente, gritarle:

–¡Siga, siga! No se pare porque disparo.

Siniscalchi rajó hacia Avellaneda donde, sobre Mitre, a la altura del entonces Parque Sarmiento, un helicóptero a muy baja altura, con un reflector, alumbraba la fila de autos.

En las contenciones

A partir de las 20.10, el RI3 que desde La Tablada venía de sobrepasar siete emboscadas, llegó por el Sur a las contenciones. Sus efectivos bajaron dos lanzacohetes y metrallas antiaéreas.

Una granada explotó en la mano de Pascual Bulit, lo desfiguró e hirió a la obesa Zulma Ataydes, que continuó a los tiros con su escopeta hasta caer con un tiro en el seno izquierdo. Curada por vecinos que le dieron ropa; burló las pinzas; se escondió en la casa de Alvarez, un simpatizante de Berazategui; luego llegó a Once y tomó un micro a su Córdoba natal.

Bulit, responsable de propaganda en el Sur, fue llevado a la Regional policial de Lanús y dejado en el patio para que se desangrara por la mano que le faltaba. Como insistía en vivir, fue arrojado al Riachuelo. Cuando se puso a nadar, fue rematado a tiros.

El saldo del combate

Los heridos del Ejército eran 17 (sólo 1 oficial; 1 suboficial y 15 soldados); 9 de la Bonaerense; 8 de la Federal; contra 25 del ERP…

… Y los muertos: 7 del Ejército (2 oficiales; 1 suboficial y 5 soldados), aunque se destacó la muerte de Antoni, un perro de guerra; 53 del ERP (2 embarazadas; 23 atrapados con vida; varios rematados en el lugar; aunque había un chico de 17 años y una de 16, el promedio de edad era de 35); 6 NN en la morgue de Avellaneda; 3 militantes detenidos desde antes de la incursión; 3 en el Riachuelo; 6 civiles identificados; 42 sin identificar (entre ellos, dos niños de 11 y 4 años).

Esos 53 cadáveres fueron trasladados por orden del comisario mayor Carlos Cernadas, jefe de la Regional Lanús, a una fosa común de Avellaneda. Allí, el corte de manos para identificarlos fue certificado por el principal Carlos Ortiz. Al día siguiente, se supo que en el cuartel quedaban 10 vecinos que fueron a dar a otra fosa común. Como la morgue se llenó con los primeros 10, los otros 43 fueron dejados en el patio caluroso; el calor y los insectos molestaron a los vecinos de los contiguos monoblocks que, cada vez que se asomaban, eran tiroteados.

Balance

Sólo 16 del ERP cayeron en combate en el cuartel. Los demás, salvo dos, se replegaron. Veinte cruzaron las alambradas. Y una estaba en el árbol. Eso hizo pensar al soldado Torregino:

–Entraron como cien; por todos lados. Y, pese al cerco, la mayoría escapó.

Roberto Olano, chofer de un grupo de contención, en cuya casa de Sourigues había estado Santucho, se escondió en el pozo ciego de una casa.

Varios que robaron vehículos huyeron por ‘la ruta Ho Chi Minh’: caminos de tierra alternativos que unían Avellaneda; Temperley; Varela y Berazategui.

En la madrugada, desde Magdalena a Plátanos y Ranelagh llegó un tren con tanques que fueron a la casa de las 37 caídas, en Bosques, para reducirla a escombros de un metro de alto.

Cuando el intendente José Rivela ingresó al cuartel, creyó ver el cadáver de la hija de un médico de Berazategui que había atendido diez años a los obreros de La Ideal.

Videla salió del cuartel y fue a Tucumán, donde pronunció un discurso que inició la cuenta regresiva para el Golpe en 90 días.

Ya en dictadura, Zulma Rosario Ataydes, la ‘Gorda Rosa’ habrá de regresar a Berazategui. El 12 de marzo de 1977, volanteaba ante Rigolleau cuando fue muerta de un disparo desde la terraza por un policía.

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