ESPAÑA, VIVIENDA Y CRISIS A CONJURAR

Por Martín Gerardo Bermúdez

Traigo de mi blog este escrito que publiqué el miércoles 14 de marzo de 2007. Fue algo premonitorio, si se quiere. Quizás sirva para entender la crisis actual de la vivienda y también el descalabro que hay en España, ya que fue el ejemplo en el que me basé en aquel entonces.

Los precios de los alquileres estuvieron atados desde el principio a la crisis de las hipotecas sub-prime. Los salarios quedaron ahora retrasados a nivel global; antes, la incidencia del valor de un alquiler era muchísimo más baja, pero los alquileres subieron exponencialmente y los sueldos no. Es entonces que países que tenían una estabilidad económica que parecía sostenible a muy largo plazo cayeron en la cuenta de los derivados de esa asimetría. Hoy es España, pero no está sola, porque la crisis es global.

En USA, grandes corporaciones son propietarias de complejos habitacionales en todo el espectro de oferta en cuanto a posibilidades de cada clase económica, que van desde pequeños y mugrosos departamentos en barrios marginales hasta lujosísimos penthouse en Manhattan que el común de los mortales solo lograremos ver en las películas. Antes, es evidente, muchas personas pasaban su vida alquilando un techo sin mayores preocupaciones acerca del futuro. Hoy, el horizonte para los inquilinos es muy negro. Hay sociedades, países, que no la vieron venir.

El avance del capitalismo financiero ha hecho que uno de los mayores diferenciadores sociales sea tener vivienda propia o no. Quien es propietario de una vivienda pertenece a una casta privilegiada. Y es que de alguna manera deberíamos desarrollar un plexo legislativo que garantice en todos los casos el acceso a la vivienda digna, entendiendo como tal aquella que posee servicios basales como agua corriente, cloacas y, por supuesto, energía; ya que no necesario lujo. España hoy es un espejo en el que el mundo debería mirarse.

El problema, ocurrido tantas veces en Argentina, es que cada modificación de la ley de alquileres termina dejando heridos por todos lados. Cuando se privilegia al inquilino, el más débil de la ecuación, se perjudica la rentabilidad del negocio inmobiliario y por ende, y de manera inmediata, hay una retracción de la oferta de inmuebles para alquilar. Es en este caso cuando los legisladores deberían abandonar su vergonzante interés político —partidario-eleccionario— y ponerse a trabajar por una vez en su vida en consensos razonables para minimizar los daños y lograr que todos pierdan menos, ya que ganar con el actual contexto sería una utopía.

¿No hemos pensado como una realidad impostergable que la vivienda propia es un derecho humano? Si no lo es, se le parece bastante. Pero bueno, volviendo al escrito que agrego al pie, esto no ha sido una noticia de último momento, pero nos atropella mientras alimentan miedos que nos distraen de lo sustantivo. Hoy es la Inteligencia Artificial, como antes fue el Y2K y mañana será otra cosa que nos impida pensar en miedos bastante inmediatos… o al menos exorcizables. Y queda claro que los políticos, quienes deberían servir al pueblo y a la patria, no han dado ni dan la estatura para encontrar una solución, insisto, basada en el consenso y realizable como política de Estado. Así están las cosas y duelen porque suenan a fracaso.

El escrito de 2007:

SOBRE LAS CRISIS FINANCIERAS Y LA VIVIENDA DE UN HOMBRE

Establecer la relación entre un albañil construyendo un muro y Wall Street es una tarea demoledora. Uno no puede menos que caer en un juego de palabras donde construcción y demolición son partícipes necesarios. La imagen de un obrero alineando ladrillos es una bucólica señal de esperanza, pero ¿cómo adjetivar la de un financista demoliendo sueños?

Una vez que el hombre abandonó su carácter nómade, levantar las paredes de su hogar fue la prioridad. Casa, hogar, lar, vivienda, castillo, fortaleza, casita, refugio, nido, fueron sinónimos del lugar propicio para la formación de una familia y la proyección de una sociedad. Aunque suene raro, la diferencia entre una cueva y un cómodo piso en la Rue del Mariscal Foch en París es solo una cuestión de matices. El sentido primario es el mismo. ¿Qué puede decirse sobre especular con algo tan valioso?

Hace varios años, los capitales especulativos descubrieron un nuevo mercado, muy tentador por cierto: el inmobiliario. Se produjo un boom en la construcción en los países centrales. Claro que antes el negocio consistía en algo más simple: se ganaba por construir. Materiales, más mano de obra, más margen de ganancia del constructor definían el precio de una vivienda. Ahora, el precio lo definían las tasas de interés de las hipotecas. El “negocio” eran las hipotecas.

De esa manera, el metro cuadrado de construcción fue aumentando. Por ejemplo: a fines de la década del ochenta, el metro de un muy buen departamento en Madrid o cualquier otra capital europea costaba alrededor de mil dólares. Hoy, en barrios como “Salamanca”, en Madrid, la cotización llega a quince mil Euros por metro y en un barrio marginal roza los tres mil. Esto no sucede por inflación ya que, de haber tenido igual comportamiento todos los precios, un café costaría quince Euros o más y ni hablar de una porción de tortilla de papas a treinta Euros.

Las hipotecas a largo plazo aseguraban una rentabilidad imposible de alcanzar con otros rubros. Se produjo un derrame a Estados Unidos y, de a poco, a otros sectores emergentes como Puerto Madero en Buenos Aires, donde el metro cuadrado cuesta tres mil dólares. La base del problema es que el nombrado derrame alcanza cada vez más a los precios de las viviendas primarias.

La crisis financiera tiene consecuencias sociales a nivel global. Ahora comenzaron a caer las bolsas de New York y otros mercados centrales. Comenzarán a quebrar empresas constructoras. Ahora existe un desafío para todos los gobiernos del mundo: si la casa de un hombre es su castillo, esperemos que no alcance su precio.


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