Nuevos elementos sobre el combate de la calle Corro. Esta semana, continuará el juicio por la muerte de la hija de Walsh. Su otra hija declaró el mismo día que cuatro soldados. Una vecina mostró las vainas de la masacre.

Este miércoles 27 continuará el juicio por la muerte de cinco montoneros, entre quienes estaba “Vicky”, hija de Rodolfo Walsh. Su hermana, Patricia, dio testimonio en la más reciente jornada, la quinta, en la que declararon cuatro soldados. Aunque ella se detuvo a corregir algunos puntos del relato canónico de aquellos hechos, fueron confirmados por un conscripto. Otro ex colimba participante de la encerrona declaró que dispararon munición antiaérea. El papá de un tercer soldado fue desaparecido tres años después. Una vecina llevó las vainas del tiroteo para mostrarlas, a instancias de su nuera, hija de uno de los identificados hace días en La Perla, según relató en la audiencia, que pasó a cuarto intermedio hasta este miércoles 27 a las 9:30.
Golpe a la prensa
La dictadura que empezó matando a un militar –Bernardo Alberte– contó con la complicidad del médico Mario Alberto Figueroa, quien firmará las defunciones de la calle Corro.
Para confrontar a esa dictadura, Rodolfo Walsh creó en junio la agencia ANCLA. Su hija mayor, María Victoria, ex estudiante de Medicina que escribía sobre ciencia y técnica en la revista Primera Plana, había pasado al diario La Opinión, donde fue delegada gremial. Cuando se ciñó el cerco sobre el periodismo, se fue a ser responsable de la prensa sindical montonera.
Por entonces, el gremio se repartía entre el Sindicato de Prensa o la Asociación de Periodistas de Buenos Aires (APBA), uno de cuyos delegados, Héctor Demarchi, fue secuestrado el 5 de agosto en El Cronista Comercial. En APBA estaban ambas Walsh, ya que Patricia desempeñaba labores de prensa en el estatal INTI, de donde fue despedida en 1976 –recordó en el juicio– “igual que por estos días. ¡Cómo vuelven algunas pesadillas!”.

Cómo llegaron
La vivienda de la calle Corro había sido alquilada por la familia de María Magdalena Mainer,
médica del hospital de Gonnet, enviada desde La Plata a Córdoba, donde la esperaba Teresa Meschiati, un contacto de Montoneros con quien debía reponer las postas sanitarias en San Juan, donde pronto cayó, el 20 de septiembre de 1976, torturada en La Perla por Ernesto “Nabo” Barreiro, quien le pegaba con un bate:
–Casas, casas, casas –exigía el teniente 1° de Operaciones Especiales del Destacamento 141.
Después de dos intentos de suicidio, María Magdalena entregó la dirección de la casa alquilada.
Hacia allí viajó Barreiro, “donde con personal de dicha guarnición (Buenos Aires) participó en la operación en la finca de Yerbal y Corro, en la que se aniquila la secretaría política nacional de Montoneros”, escribirá el torturador, quien cuenta del espionaje desde una obra, en complicidad con Héctor Vergez.
El lugar
En la casa cantada por María Magdalena debía estar su hija María de los Milagros, quien a sus 9 años creía ser hija de Lucy Gómez, viuda de Mainer, quien tenía allí a su hijo de 16 años, Juan Cristóbal, y a Pablo, mayor de 18. La mayor de los Mainer, Maricel, había llegado desde Santa Fe con su marido Ramón Baravalle para tomar posesión de un departamento recién comprado.
Gómez tenía familiaridad con Alberto José Molinas, uno de los montoneros que asistió a la reunión donde le festejarían el cumpleaños a María Victoria, nacida un 28 de septiembre, aunque ese día de 1950 los Walsh no habían podido anotarla sino hasta el 29. En previsión de ese festejo de fecha imprecisa, los compañeros prepararon una torta para la noche. “Vicky” quiso pasarla con su hija “Victorita”, de poco más de un año, cuyo padre Emiliano Costa había caído preso antes del parto.
El ataque
A primera hora del 29, Pablo se había ido hacia donde cumplía su servicio militar. María de los Milagros, a la escuela distante a una cuadra y media.
Enfrente, la almacenera María de los Angeles Navarro barría la vereda cuando vio avanzar vehículos de asalto. Fue enviada adentro por militares que entraron, rompieron las vidrieras desde donde disparar y treparon a su terraza. A ellos se sumaron desde Gendarmería hasta Policía y Bomberos. El ataque contra el departamento vecino conmocionó a la escuela de Milagros, cuyos compañeritos, entre llantos, se tiraban bajo los bancos.
La zona fue rodeada por dos centenares de soldados llevados desde unidades como el GADA 101, las Baterías de Tiro o la de Comando y Servicios, entre los que estaban Vicente Biasoli, Jorge Schilliace, Enrique Martino y Carlos Antoni, quien declaró que se usó artillería antiaérea para destruir las “paredes de 30” porque no hubiesen podido perforarlas con fusiles, según evaluó el hoy arquitecto.
Algunos represores disparaban con saña, a cuerpo descubierto; otros oficiales se guarecían. Los mencionados fueron Ricardo Grisolía, Carlos Alberto Orihuela, Gustavo Antonio Montell, Héctor Eduardo Godoy y Danilo Antonio González Ramos y el teniente Guillermo César Viola –“sobrino del general Roberto Viola”–, quien se había subido a los techos para cuando el tiroteo estaba por culminar.
Fue entonces cuando el soldado Schillace oyó a una mujer proferir:
–Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir.
Desde abajo vieron que ella y otro se dispararon a la cabeza antes de caer a un presunto patio interno al que se asomó el teniente Viola, según declaró Schillace, quien en tres oportunidades repitió haber escuchado el discurso final de la mujer.
Postiroteo
Cuando cesó el ruido, desde el cuarto donde se escondió con sus hijitos de tres años y de diez meses, la almacenera oyó repetidas veces la campanita de su vieja caja registradora.
Del departamento atacado, a quince cuadras de la avenida General Paz, personas no armadas fueron llevadas en baúles de Falcon rumbo al ccd El Vesubio, en La Matanza. A Maricel y su esposo los retuvieron dos semanas. A la inquilina y su hijo de 16, los apresaron por años en Devoto. Pablo Joaquín será desaparecido de su cuartel en la Fuerza Aérea. A los cinco asesinados (Alberto José Molina, Ignacio José Bertrán, Ismael Salame y José Carlos Coronel) le sumaron un sexto de otro hecho (Eduardo Raul Piroyansky).
La noticia
El diario La Razón, manejado por el Ejército, publicó a la tarde siguiente el comunicado del I Cuerpo, que el resto de los diarios replicará el 2 de octubre. Daba el nombre de María Victoria Walsh, que Rodolfo oyó por la radio durante una reunión de ANCLA.
Luego de enterarse de que “fueron abatidos”, Jorge Pinedo leyó llegó al monoblock en Márquez y Fondo de la Legua, San Isidro, donde convivía con Patricia, embarazada, y la hijita de 3 años, María Eva Fuentes.
Patricia trató de sobreponerse en pos de hallar a su sobrina de año y medio, María Victoria Costa, hija de Emiliano. Desde un teléfono público, llamó a su mamá –separada, aunque no divorciada de Rodolfo–:
–No oigas la radio. Tranquila, vamos para allá.
Con Jorge, subieron a su autito, raudos, aunque temerosos de que la represión rastreara a familiares de los asesinados. Cuando llegaron a Uruguay y Córdoba, conminó:
–Hacé un bolsito. En el viaje te cuento.
Elina Tejerina, profesora de la Universidad Católica en La Plata, no preguntó.
Patricia rumbeó hacia lo de su cuñada, Angélica Luján Fuentes. Cuando por fin se sentaron, puso al tanto del desenlace a Elina, que terminó consolando a la hija que le quedaba, aunque compartían la desesperación por la ausencia de nieta y sobrina.
Elina se contactó con su consuegro, el comodoro retirado Miguel Costa, que llamó al padre de su yerno, el teniente general (R) Julio Alsogaray (hermano de Alvaro y ex Jefe del Ejército, con dos hijos montoneros). Así se hizo del recado:
–Deben ir al Cuerpo I de Ejército a entrevistarse con el coronel Roberto Roualdes.
Patricia y Jorge acercaron a Elina hasta la entrada de calle Luis María Campos, y continuaron hasta la avenida Santa Fe, temerosos de que unos u otra fueran seguidos.
Roualdes pasó, de reprender a la mujer, a actuar comprensión porque él había perdido un hijo; había muerto esquiando.
–¡Cómo puede comparar! –descargaría sobre la mesa del bar Kentucky un rato después.
Compensó la indignación con un papel: la orden para retirar el cuerpo, aunque sin autopsia. Patricia tuvo la lucidez de fotocopiarla.
Elina fue a la avenida Córdoba, pagó en Funeraria Rivera una ambulancia que retirara el cuerpo de la morgue judicial, pero cuando pidió verle manos y cuello, no halló la alianza matrimonial ni la cadenita de oro que le había regalado con un trébol irlandés (su gentilicio paterno).
–Manga de ladrones…
Patricia visitó a su ex suegra, la madre de Fernando Daniel Fuentes, Lita, una vestuarista teatral muy conocida que se ofreció a acompañar la inhumación en la Chacarita, que Patricia y Jorge siguieron a más de cien metros, viendo a esas dos mujeres grandes solas, abrazadas una a la otra.
¿Y la beba?
Carecían de datos sobre “Tolita”, apodo que devenía de cómo la llamaba la primita de tres años que no podía pronunciar Victorita. La información retaceada a la abuela materna fue reservada para el abuelo comodoro. No venía al caso que ni él ni su esposa Blanca dudaran en reconocerle la cara a la nieta que casi no veían debido a que “Vicky” no quería frecuentarlos. Los Costa debieron ir un par de veces a Los Polvorines (PBA), a casa del matrimonio de Stella Maris Gómez de García del Corro, familiar de los Mainer que les alquilaron. Recuperaron la beba.
Primer testigo
Un día, Lita Fuentes llamó a Patricia para contarle:
–¿Te acordás de Pelusa? La prima de tu cuñada Angélica; la hija de mi hermano. Bueno, me contó que una compañera de trabajo en la Facultad de Odontología le había dicho que su doméstica no iba a trabajar porque debía atender al hijo colimba, que quedó muy afectado por un procedimiento al que fue obligado. Le contó que al final del tiroteo con esos muchachos, uno había gritado algo, que no recordaba todo, pero que terminó diciendo “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”, y se dispararon a la sien.
Quien habla poco, escribe mucho
Patricia puso al tanto a su padre en el Jardín Botánico (alquilaba a una cuadra); pero en el aparente teléfono descompuesto en que el soldado traumado le secreteó a su madre, que le explicó a su patrona, que le compartió a su compañera, que le contó a la tía, que telefoneó a la ex nuera, que alertó a Rodolfo, quien por fin lo reconstruyó como relato escrito, algunos datos no la satisficieron cuando conoció la Carta a mis Amigos: “Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, María Victoria, después de un combate”, comenzaba.
Se había adelantado al 29 cuando se la mostró a Patricia luego de la cena del 24 de diciembre, en San Isidro, adonde había acudido bajo un gran riesgo junto a Lilia Ferreyra. Mientras sus parejas conversaban, se apartaron hasta el dormitorio del dos ambientes.
–No, papá. En el botánico, te conté lo que el conscripto le dijo a las personas que hablaron conmigo. Fue el compañero el que dijo las últimas palabras. Además, ponés que no le interesaba el periodismo. ¡Nos encantaba! Y eso de que no encontró con quién dejar a la nena… ¡Siempre me la traía; la Tolita aprendió a caminar en mi casa! Lo que pasó fue que quería tenerla para su cumpleaños… Tendrás que corregirlo.
Rodolfo no se mostraba abierto a ello. Hablaron durante horas acerca de lo ocurrido en esos meses. Por momentos, con el vehemente tono habitual en la familia. Cuando al fin se descargaron, empezaron a reír, juntos, y él aceptó reescribirla. A esa concesión de Navidad, le siguió la despedida, sin saber –aunque temieran– que fuese la última.
Tres meses después, cuando los marinos “le cobraron por la espalda su compromiso contraído de frente” (H. Verbitsky, dixit), la Carta a mis Amigos fue parte de la obra desaparecida en su casa de San Vicente.
–Manga de ladrones…
Años después
Dos de los soldados de aquel amanecer oscuro siguieron bajo la sombra de la dictadura; Martino, porque lo llamaron “después de tres años, cuando tuvimos problemas con Chile”; Biasoli, porque el 28 de diciembre de 1979 le desaparecieron a Neri Felipe, su padre.
De nada de eso se harán cargo los enjuiciados, a quienes Patricia reprocha que no den la cara y que no esté entre ellos “Nabo” Barreiro, iniciador de la masacre con su captura de María Magdalena Mainer.
Resumirá: “No sé si estos imputados entienden para qué eran utilizados, al servicio de qué estaban”.
El abogado de la defensa sólo le preguntó si “Victoria” había recibido instrucción armada.
No había mucho para responder. Hubiese alcanzado con el cierre de la Carta que, entre sus ropas, Lila Pastoriza rescató de la ESMA:
“Esto es lo que quería decir a mis amigos y lo que desearía de ellos es que los transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte”.
Durante la sexta hora de declaración, Schillace repitió tres veces haber oído a la mujer decir “Ustedes no nos matan…”.