Por Elvis Baez *
Días atrás, en la Casa de las Culturas, no fue sólo una presentación, fue un desembarco de historias y momentos. Crucé la 12 de Octubre con los libros bajo el brazo, corriendo con mamá para llegar, ahí sentí que el peso de todo esto no era de papel, sino de toda una historia. Esa historia que pateé y pateamos todos los días en el barrio los de Itatí y que rara vez encuentra una silla en el centro de Quilmes para contar quiénes somos.
Rivadavia 383. Un edificio blanco, imponente, que a veces parece que te mira de reojo si venís con la gorrita o el léxico del pasillo, el berretín de la esquina. Pero el aire estaba distinto, así parecía. Cuando entré y vi las caras, las de mi vieja, la Clorinda (Formosa), los pibes del barrio, los compañeros de la comunicación popular, entendí que no estaba solo yo ahí arriba. Estaba el San Pedro del Paraná de mi viejo, estaba el paco que se lleva a los nuestros, estaba el reclamo por la cloaca y, sobre todo, estaba esa belleza villera que sólo nosotros sabemos ver entre tanto gris/oscuro.

Conciencia y Clase. El nombre no es casualidad. Es saber de dónde venimos para no perdernos en el camino, es mi pie marcando el paso con otros, para otros. Al abrir el libro sentí ese ritmo, esa musicalidad que me sale del pecho como un rap lento, sincero, como algo que nace de la urgencia. Porque como decía la Pizarnik, la poesía nos salva, pero a nosotros, los villeros, la poesía nos tiene que servir para gritar lo que otros callan por comodidad, de su privilegio.
Hablamos de los pasillos, del agua que falta, de la identidad que nos quisieron robar y que recuperamos a fuerza de la pluma y la organización. Ver el salón lleno, con el silencio respetuoso de los que escuchaban crónicas que duelen pero que también sanan, reconfirmó en mi que la palabra es nuestra herramienta más filosa.
En ese rincón de Quilmes, la villa no fue la noticia de la sección de policiales. Fue protagonista de la sección de letras. Y eso, che, es una victoria que no nos quita nadie, nadie. Nadie llegó. La marea bajó, el acto terminó, pero el grito quedó ahí impreso. Volví a mi casa, al barrio, sintiendo que Consciencia y Clase ya no es más mío, ahora es de todos los que saben que, incluso desde el barro, se puede mirar el cielo, escribirlo y dejar una marca de existencia.
- Periodista y poeta de Villa Itatí; autor de Consciencia y Clase.
