Por Silvia Muscat
Antonio Muscat, mi papá, era un tipo de bien, de origen humilde se recibió de contador e hizo su carrera en una empresa importante, logró bienestar económico, comparado con sus inicios. Tuvo tres hijas que entonces teníamos 18, 23 y 25 años; las educó; un matrimonio envidiable. Era el sostén de la familia, sostén en su más amplio término, afectivo, económico, moral.

Antonio Muscat, de tan sólo 52 años, murió el 7 de febrero de 1975 víctima de un ataque terrorista Montonero. Ibamos a trabajar como todos los días y, en Quilmes, donde vivimos, tres autos nos cercaron. Mi papá quiso seguir, chocando a los coches y yo le dije ¡Noooo!
Tiraron gas pimienta dentro del auto, lo que nos hizo bajar de inmediato. Mi papá fue hacia mí, hacia la vereda, yo fui hacia él, hacia la calle; ahí no más lo vi caer. No escuché ningún tiro. No salía ningún grito de mi boca, sólo agitaba las manos pidiendo ayuda. Vi pasar uno a uno los tres Falcones con cuatro personas en cada uno y, entre sus piernas ametralladoras cortas, no sé ni cómo se llaman, mirando para adelante. Todo me resultó en cámara lenta.
Un conscripto apareció, no sé de dónde, única persona que me ayudó y me dijo ¡Vamos!!! Me agaché al lado de mi papá, le dije:
-Quedate tranquilo que ya te llevo -y se le escapó una lágrima, era su vida la que se le escapó.
Ese chico, a quien nunca pude agradecer, me ayudó a cargarlo en el auto, llevarlo al Sanatorio más cercano, me decía:
-Sacá este pañuelo blanco, así vamos rápido.
Cuando llegamos lo entregamos a los médicos.
Luego, me dijeron:
-Andá a buscar a tu mamá.
Me acompañó el conscripto. Cuando volvimos, quince minutos más tarde, yo entré a la Sala donde tenían a mi papá y, como estaba todo tapado con una sábana, me di cuenta de que estaba muerto. Lo destapé, le di un beso.
Mi mamá, que entró luego, le decía:
-Vamos, Antonio. ¡Fuerza, Antonio!
Hasta que una enfermera le acarició la cabeza, entonces se dio cuenta que no había más nada qué hacer.

Meses antes, en septiembre de 1974, los hermanos Born habían sido secuestrados en la Operación Mellizas, muy difundida por los medios. En ese acto aberrante, murió un amigo de ellos, el señor Bosch y su chofer, el señor Pérez.
Reservado, serio, para no preocuparnos, no quiso contarnos todas las cartas de amenaza que recibió en la oficina. Incluso en casa se recibió una amenaza, que él minimizaba diciendo que si lo secuestraban, él le iba a explicar a estos “muchachos” que él era una persona de bien, un laburante.
No le dieron tiempo. Lo mataron de un tiro certero que atravesó su cuerpo y su corazón. Cayó como si fuera un ladrón, un asesino. ¿Quién tiene derecho a esto? ¿Quién???
A mi papá lo mataron para presionar a Jorge Born padre a cumplir con los requisitos para liberar a sus hijos Juan y Jorge III. Con la muerte de mi papá lograron exportar gran cantidad de armas a Cuba y cobrar un rescate de 60 millones de dólares, el secuestro más caro de la historia.
A los pocos días, fuimos a la Policía con mi tío, hermano de mi padre, para saber si se había logrado capturar (ja ja) a los homicidas y nos echaron y amenazaron en la misma Comisaría de Bernal.
Antonio dejó a dos padres mayores destrozados. El Nono dijo: «Me arrancaron la mejor rama del árbol». Se murió al año siguiente.
Mi mamá sufrió una depresión importante, no salía de su cuarto. Nosotras sufríamos con ella, la veíamos morir detrás de papá, le era muy difícil seguir viviendo sin su adorado Antonio. Luego de un largo año de duelo, mamá resucitó como el ave fénix, con su carácter firme y muy católico logró salir de la depresión.
De noche yo veía salir de los árboles a gente armada; pasaba un árbol y decía «no, vi mal, pero allá están»; otro árbol y no había nada, durante un largo año. Pero no quiero victimizarme, porque acá la víctima es mi papá, las secuelas que deja este tipo de atentado son muy importantes. Desde hace años sufro de pánico. Siempre con terapias, ésta parece que está dando resultado, de lo contrario, no estaría acá.
Once años más tarde (1986), hicimos una presentación en La Plata, antes de que la causa caducara, creo que ante el juez Manuel Blanco (falleció en 2014), para encarcelar, culpar, o algo a los asesinos de mi padre y de tantos otros. Por ese entonces estaban, creo, extraditando a Mario Firmenich. Nada pudimos. El caso estaba caratulado como «muerte en ocasión de riña callejera”. Increíble. Sólo con los diarios de la fecha donde decían acribillaron a Muscat, nunca el juez podría haber puesto muerte en ocasión de riña callejera.

Los hermanos Born fueron liberados. Años más tarde (1992), Jorge Born III se asoció con uno de sus captores, Rodolfo Galimberti. No podíamos creerlo. Pensé: «¿Síndrome de Estocolmo?». No, negocios; quizás le devolvieron algo del importante rescate que pagaron y, de allí, a hacer negocios con la sangre de los inocentes que murieron por ellos, Pérez, Bosch y Muscat.
Por esta circunstancia, nos sentimos dobles víctimas: de la subversión extremista y de la traición de aquellas personas por las que mi padre dio su vida. No sólo nos ignoraron cuando salieron en libertad, sin mandar unas líneas de pésame, sino que se asociaron con los asesinos de nuestro papá.
Antonio Muscat era un civil, trabajador en una empresa nacional, un hombre de ética y moral sobresalientes. ¿Quién tuvo el derecho de arrancárnoslo? ¿Cuándo vamos a saber quiénes fueron los culpables con nombre y apellido? ¿Cuándo van a saldar la deuda sus asesinos?
Después de 48 años, seguimos esperando justicia, la misma que se hizo con los represores militares. Quiero dejar bien claro que aborrezco los actos cometidos por los militares durante la represión. Había que terminar con la guerrilla, claro, pero de ninguna manera de esa forma inhumana; tan inhumana como el asesinato de mi padre. Todos los asesinos merecen condena: Jorge Videla, Emilio Massera, Ramón Agosti y todos los represores. Los guerrilleros asesinos también deben pagar.
No olvidamos ni perdonamos a los que causaron la muerte a gente que no tenía culpa, por ejemplo a Antonio Muscat. Se asesinó a un hombre humilde de corazón, un noble, un bueno, un ser con una conciencia social intachable, honesto, transparente, INOCENTE en todos los sentidos de la palabra. Queremos que la Justicia encuentre, juzgue aún todavía a los culpables. Sólo tenemos siglas, ERP, Montoneros, Quiero nombres propios y justicia verdadera.
Aún lo extrañamos, lo necesitamos, hubiésemos querido que viera a sus nietos y bisnietos.

Que historia. Esta Argentina nació dividida y sigue así. Con la historia contada según convenga y a quien convenga. Y todo empeora por eso. Las dos caras de la moneda son necesarias. Gracias por la nota
Esa era la juventud maravillosa que reivindica Cristina y todos los que la siguen. Sus descendientes se hacen llamar los pibes para la liberación. ¿De qué nos van a liberar? ¿De la pobreza, la corrupción que ellos mismos alimentan?
Muchos de esos muchachos maravillosos se han transformado en funcionarios, empresarios que hacen negocios con este tipo de gobierno y asesores y defensores de los autodenominado Mapuches, RAM, que se apropian de tierras y queman casas sembrando terror en la población de Lago Mascardi.
Juicio y castigo a todos los integrantes de las organizaciones armadas como Montoneros, ERP, FAR, FAL, que hayan cometido asesinatos. Dejemos de dar vueltas. Condeno fuertemente el terrorismo de estado, pero las organizaciones mencionadas también cometieron actos de terrorismo y deben ser juzgadas y condenadas
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Después de que les arrancaron las uñas con pinzas; les metieron palos por el ano, los arrastraron atados a paragolpes de autos; les quebraron las piernas al chocarlos con tanques, las violaron o les quemaron las partes, les hicieron perder embarazos o les robaron los bebés; les mataron a familiares que no tenían nada que ver; los tiraron desde aviones al mar… ¿Qué otro castigo quieren aplicarles?
Ni hablar de los que permanecieron presos sin juicio ni condena.