El debate oral en el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en Quilmes, Banfield y Lanús durante la dictadura, conocido como Juicio Brigadas, continuó este martes con la declaración de la sobreviviente María Teresa Serantes Lede, la médica psiquiatra Lucía Edelman y el uruguayo Raúl Olivera.
El tribunal Oral Federal (TOF) 1 de La Plata desde octubre de 2020 juzga a 16 represores, entre ellos el exmédico policial quilmeño Jorge Bergés.
Como testigo de contexto, la psiquiatra y psicoterapeuta Lucila Edelman expuso su investigación sobre los efectos psicológicos y psicosociales del terrorismo de Estado, y en especial las secuelas producto de las violaciones y los daños en el psiquismo de los hijos e hijas de desaparecidos.

Serantes Lede relató su secuestro junto a su esposo Alberto, el 21 de abril de 1978 en Lanús, cuando se encontraban junto a su hija Amaranta, de 2 años y medio, a quien el grupo comando dejó con una vecina.
«Estuve en el Pozo de Quilmes, no tengo dudas», dijo la mujer al comenzar a relatar su cautiverio de un mes, donde sufrió «golpes, manoseos de todo tipo de parte de varias personas y violaciones».
Denunció que «en los interrogatorios siempre me desnudan; en algunos me quitaron las ataduras, en otros no» y «me preguntaban apodos de personas que no sabía quiénes eran. Y hubo violaciones».
La mujer precisó que en esos interrogatorios «estaba una mujer, su rol era azuzar a los hombres para que me hicieran más vejaciones, más violaciones».
«No voy a repetir las palabras, son muy bajas, pero todo el tiempo estaba azuzando: ´hagan, hagan, hagan´. Creo que ella nunca me tocó, más que trompadas o cachetadas. Ella estaba ahí para azuzar y crear situaciones muy violentas».
Luego de estas torturas, contó, volvía a la celda «donde tratamos que nos afecte lo menos posible. Dejamos nuestros sentimientos afuera y de alguna manera resistimos. Nuestra vida anterior no existía. La vida posterior tampoco existía», dijo con pesar.
Remarcó que «uno bloquea todo tipo de sentimientos y puede llegar a ponerse a cantar, jugar al Veo Veo entre los interrogatorios. Uno lo ve absurdo y da hasta vergüenza pero fue una realidad. Cerrás, bloqueás, tratás de que las cosas no hagan daño y que ellos (los represores) no te hagan daño».
Serantes Lede recordó que todas las tardes «empezaban a escucharse llantos de niños, gritos de dolor de niños, llantos de desconsuelo» y dijo que «traté de pensar que era parte de la tortura, que eran grabaciones, así no me hacía daño. Las escuchaba como escuchábamos la radio».
La mujer recordó que fueron liberados un mes después, y que fueron los últimos en ser retirados de ese excentro clandestino y que cuando pudo reencontrarse con su hija, ésta expresaba su extrañeza y rechazo.
«Mi hija fue entregada a mi hermano cuatro días después de nuestro secuestro pero nunca pude saber dónde estuvo esos cuatro días. Al cuarto día de mi secuestro dejan a mi hija solita en la vereda de la casa de mi hermano, con dos años y medio», detalló.
Destacó que Amaranta tardó una semana en aceptar que su padre se acercara a ella. Y ella debió mostrarle una herida en su estómago que le habían producido en el Pozo de Quilmes y que la niña habría interpretado como el motivo por el que no estuvo con ella ese mes.
Contó que cuando se fueron al exilio «después de que llegamos a Madrid, al día siguiente Amaranta había bloqueado todo lo vivido en Argentina, nunca supo nada, no recordaba nombres, nada. Bloqueó todo».

La psiquiatra
Lucila Edelman declaró desde su experiencia de años de atender a sobrevivientes de la dictadura, detalló las secuelas psicológicas que presentan tras haber atravesado esa situación.
«Esa situación traumática incide en la persona que la sufre y en el cuerpo social en su conjunto, a lo largo de varias generaciones, por eso decimos que es multigeneracional, intergeneracional y transgeneracional».
Tras hablar sobre lo que implicó la tortura, como una experiencia extrema «donde está presente el fantasma de la muerte», se explayó sobre las violaciones sufridas por hombres y mujeres durante su cautiverio.
«La violación no es un fenómeno originado en una patología o conducta individual muy aislada, no es solo un enfermo mental. Tiene carácter social y fue una práctica habitual en esa época, sólo que se demoró en ser denunciada», precisó.
Aseguró que «todas las formas de abusos sexual tienen efecto traumático, se puede elaborar o se puede quedar enquistado. Tiene efecto en la psiquis y en las relaciones interpersonales».
Detalló que quien ha sufrido violaciones puede presentar depresión, ideación suicida, desorden de la personalidad y afectación de identidad de género en el caso que la víctima sea un hombre.
Con respecto a los hijos e hijas de desaparecidos relató las dificultades que afrontan para hacer el duelo; cómo la ambigüedad sobre el destino crea situación de hecho psicotizante y restricciones en la capacidad del yo».
Consideró que para los sobrevivientes «los testimonios en los juicios son reparatorios» y conllevan para ellos y ellas «el sentimiento de responsabilidad por dar testimonio».

Para el cierre, con mucha solvencia y serenidad, declaró Raúl Olivera, de la Comisión de Derechos Humanos del Plenario Intersindical de Trabajadores – Convención Nacional de Trabajadores, y secretario ejecutivo del Observatorio Luz Ibarburu, quien contó del Observatorio creado por los trabajadores, de la investigación realizada para conocer el destino de uruguayos y uruguayas desaparecidas en Argentina que son víctimas en este juicio, y planteó la necesidad de sistematizar la información con la que cuentan ambos países.