Ariel Hartlich: La comunidad imaginada por la comunidad organizada. La representación cartográfica durante el primer peronismo, 1943-1955. Buenos Aires: Biblos, 2019. 211 páginas.
Por José Zanca (ISHIR-CONICET)
Desde Berlín: Vol. 22 Núm. 80 (2022) / Reseñas iberoamericanas 2022-07-20
El mapa es, sin duda, la obsesión epistemológica de la modernidad. Tal vez por eso la literatura vuelve en forma periódica sobre sus efectos, desde aquel cuento de Jorge L. Borges en que la carta copiaba a la perfección lo representado –y por ende se volvía inútil– hasta El mapa y el territorio de Michel Houellebecq, una reflexión nihilista sobre la superficialidad del arte en un mundo desacralizado. El mapa es objeto de deseo y conflicto, vínculo preciado entre saber y poder, vehículo del colonialismo o vector de la contrahegemonía. La cartografía argentina está en el centro de la propuesta de Ariel Hartlich. Su objetivo es vincular aquellas de pretensiones “universales” que se impusieron a lo largo del siglo XIX y la irrupción de las representaciones del territorio argentino durante los dos primeros gobiernos justicialistas (1943-1955). El autor aspira a echar luz sobre el estrecho vínculo entre el mapa y la construcción de una cosmovisión “para la orientación del sentido geopolítico nacional” (p. 28). Su trabajo se inscribe en una nueva historia del peronismo, una exploración que, desde hace al menos veinte años, intenta comprender las distintas facetas de este complejo movimiento a través del prisma de la historia cultural.
La hipótesis de Hartlich se inscribe en un marco teórico organizado por la señera Comunidades imaginadas de Benedict Anderson, y se complementa con los argumentos del decolonialismo de las últimas décadas encarnado en las figuras de Enrique Dussel, Walter Mignolo y Aníbal Quijano. El mapa constituyó el imaginario de la expansión europea desde el siglo xv y en especial en su fase capitalista-imperialista del siglo XIX, no sólo como un instrumento técnico, sino como un dispositivo ideológico. La disposición de Mercator, en la que las potencias se hallaban al norte y la “periferia” en el sur, suponía una división alto/bajo que ocultaba una organización jerárquica de las relaciones internacionales, instrumento de sometimiento cultural de los pueblos que, remitidos a la parte inferior del mapa, pasaron a formar parte de las “razas inferiores”. A esta disposición se sumaría la centralidad de un punto georreferencial más: el uso del meridiano de Greenwich. Frente a este imperialismo gnoseológico, el peronismo habría propuesto un mapa de Argentina que reivindicaba su soberanía no sólo sobre las islas Malvinas –usurpadas por Gran Bretaña en 1833– sino sobre espacios en disputa, como era el área antártica sobre la que reclamaba también su derecho la República de Chile y la misma Corona británica. Pero el peronismo no sólo propondría una cartografía que reafirmaba los derechos del Estado nacional sobre esos territorios, sino que en diversas representaciones gráficas habría planteado una perspectiva diferente a la del planisferio, una representación que trocaría la centralidad del norte por la mirada sudamericana e incluso latinoamericana.
Hartlich se retrotrae a la cartografía del siglo XIX y a cómo ésta siguió las vicisitudes de la construcción del Estado argentino. Subraya la singularidad abierta con la llegada del peronismo al poder en 1946. Por un lado, la reivindicación del “mar argentino” como aquel que abarcaba la plataforma submarina (un requerimiento que seguía políticas análogas de Estados Unidos y México). Por otro lado, el énfasis que el gobierno justicialista puso en la “causa Malvinas” a través de la publicación de mapas en los que se las incluía junto al territorio antártico, el impulso de una política de promoción marítima a partir del desarrollo de una flota mercante y la ocupación de la Antártida. El gobierno de Perón expuso la posición argentina en diferentes ámbitos e instaló la discusión sobre la soberanía en foros internacionales. La política del Estado, en ese periodo, hizo hincapié en el carácter bicontinental de Argentina, exigiendo que la representación cartográfica de su territorio integrara a la Antártida. El peronismo eligió una justificación moderna para sostener la soberanía argentina, es decir, aquella que señalaba el principio de res nullius, y no la que esgrimían sectores conservadores, quienes asumían que se trataba de una herencia territorial de la época virreinal. El argumento del derecho argentino se basaba en la ocupación permanente del territorio, dado que, desde 1904 existía una base con servicio postal en las islas Orcadas. Esa presencia en la Antártida no sólo se había mantenido, sino que el Estado la había multiplicado en la primera mitad del siglo XX.
La filatelia fue una de las herramientas que utilizó el Estado para difundir ciertos imaginarios sociales, dado que mantenía el monopolio del tráfico postal. Hartlich describe en profundidad las batallas ideológicas libradas por este medio, manifestadas tanto en la emisión del imperio británico en la que celebraban el centenario de la invasión de Malvinas en 1833, como en la de 1946, en la que las islas –junto al territorio antártico argentino– eran exhibidas en una serie junto a otras “posesiones” de la Corona. En contraparte, para el primer caso, el gobierno conservador de Agustín P. Justo emitió una serie de sellos en los que se integraban las islas Malvinas al territorio nacional y en el segundo, los gobiernos de Argentina y Chile –a pesar de sus diferendos en torno a la Antártida– emitieron una serie conjunta que se distinguía de la británica.
El trabajo de Hartlich también polemiza con diversas interpretaciones sobre el peronismo y las implicancias de su despliegue cartográfico. Por un lado, debate la postura de Carlos Escudé, quien había cuestionado el territorialismo que impulsó el Estado desde la década de 1940, ligado a la “causa Malvinas”. Por el contrario, el autor argumenta que, lejos de ser una iniciativa del nacionalismo peronista, la política de reivindicación territorial del archipiélago cruzó a todo el arco político. Por otro lado, cuestiona también la interpretación de Klaus Doods, quien afirmaba que el imaginario cartográfico del peronismo tenía reminiscencias del fascismo y el nazismo. En este caso, con habilidad, Hartlich expone otras cartografías de la época –contenidas en imágenes publicitarias y filatélicas– en las que las perspectivas son análogas a las del periodo justicialista, sin que las mismas –suecas y australianas– fueran plausibles de ser acusadas de “nazis fascistas”.
Sin duda estamos frente a una obra en la que se destaca la honestidad de su autor, que en ningún caso elude su compromiso con el denominado “pensamiento nacional”, una tradición de intelectuales ligados al peronismo y al nacionalismo popular. El trabajo propone una original pregunta y sus argumentos, como hemos reseñado, son convincentes. Plantea una exhaustiva y novedosa exploración de materiales, utilizando fuentes de diverso origen. Se interna en debates que son resueltos en forma eficaz, rompiendo con maestría prejuicios y argumentos de frágiles bases de sustentabilidad.
Sin embargo, tal vez el aspecto más débil del texto sea el de oponer al imaginario “imperial” y “colonizador” del norte, un contra imaginario: el del peronismo en el poder. No se trata de una crítica en nombre de una ciencia “neutral”, que pudiera desligarse de cualquier compromiso ideológico. Pero uno de los pilares del trabajo historiográfico se erige al tomar distancia de la narrativa de los actores, lo que a su vez habilitaría tanto la desnaturalización del discurso del peronismo como del mismo estado-nación. Basta señalar algunos ejemplos para comprender este problema.
- En primer lugar y como el autor reconoce, el peronismo no fue el primero que libró batallas culturales por la soberanía en el sur. En ese sentido, sería ponderable una actualización historiográfica respecto de la llamada “generación del ochenta” (un concepto, en sí, cuestionado) y sobre las relaciones argentino-británicas. Sin dudar de la calidad de la obra de Scalabrini Ortiz, lo cierto que desde los años cincuenta se ha escrito mucho material al respecto.
- En segundo lugar, llama la atención que en la obra no se haga mención al relevante peso que tuvo la “hispanidad” en los primeros años del gobierno de Perón, cuando mantenía su alianza con el dictador Francisco Franco. Por el contrario, se sostiene la imagen de un peronismo monolíticamente progresista y latinoamericanista. Cuestión que, sin que deba ser rechazada, al menos debería ser matizada. Y no sólo porque el peronismo utilizó sus ingentes recursos económicos para presionar a otros países latinoamericanos en su apoyo a la España franquista, sino porque su política exterior también bailó al compás de las relaciones con los Estados Unidos. Si bien es cierto –como afirma Hartlich– que el gobierno justicialista acogió a los exiliados del derrocado gobierno de Jacobo Árbenz en 1954, también es cierto que nunca condenó el golpe de Estado y al poco tiempo de su llegada a la Argentina, muchos de ellos fueron encarcelados por comunistas, un gesto que servía para mejorar las relaciones con la Unión cuando el peronismo más necesitaba de su apoyo económico.
En conclusión, estamos frente a un trabajo honesto y concienzudo, con claroscuros que, no dudamos, otros trabajos que sigan en la línea de exploración de los imaginarios del peronismo ayudarán a dilucidar.


Orgullo quilmeño.