Oscar Duarte sobrevivió al genocidio y este martes fue uno de los cuatro testigos del Juicio Brigadas, en el que se juzgan los delitos de lesa humanidad cometidos en centros clandestinos de detención y exterminio del sur del conurbano. En el marco de la audiencia 71, virtual, contó su secuestro, las torturas y el después. “Mi vida fue una pesadilla”, aseguró el hombre, con la voz quebrada, pero dejó en claro que fue “la militancia” la que lo salvó.
El sobreviviente Oscar Luis Viegas fue secuestrado junto a su entonces pareja Beatriz Bermúdez, uruguaya, con quien tenía un hijo, Sebastián, de apenas 1año. Esto sucedió el 21 de abril de 1978 en Lanús. “A la madrugada se sienten golpes en la puerta bajo el grito: ‘Policía, abran’, la casa estaba rodeada. Entra mucha gente, todos de civil. Nos sacan a la calle encapuchados, nos suben a una camioneta -en la caja- y nos llevan”, explicó, dando inicio al primer testimonio de la Audiencia.
Recordó que hubo un simulacro de fusilamiento en el centro clandestino de detención. “En el calabozo se sentían las voces de otros detenidos y se siente a una persona que llama a mi señora, era una de las amigas (Aída Sanz). A mi señora se la llevaron en dos o tres oportunidades, una fue para un careo con ella”, explicó.
Les pidieron plata para que los liberaran. “Rápido me fui para el fondo, con mi padre, junté lo que había de plata y se lo dí. Era bastante porque mi suegra había cobrado una indemnización. Eran 10 mil o 15 mil dólares. Les entregué el dinero y desaparecieron. Tiempo después, cada vez que yo salía de casa, tocaban el timbre y reclamaban más plata, todos los meses. Venían a buscar algo de oro, alhajas”, explicó. Decidieron irse del país. “Nos fuimos casi un año y medio a la ciudad de Los Angeles, en California”, apuntó.
Oscar Manuel Duarte fue secuestrado en los primeros días de marzo de 1978 cuando salió por Villa Caraza a buscar un alquiler para un compañero al que le habían volado la casa con una granada en Villa Albertina. “Escuché la voz de alto, me tiré en una zanja y tiraron. Me ponen la pistola en la cabeza y me saca como escudo porque mi compañero se había parapetado. Él se escapó y a mi me trasladan a la comisaría quinta de Fiorito”, recordó.
“Allanaron mi casa, rodearon toda la manzana, estaban en todos lados. Cuando entran, sacaron a mi familia afuera (madre, padrastro, hermanos) y empiezan a revisar la casa. Mi madre me dijo que habían robado todas las cosas de valor que había. Querían llevarse a mi hermana pero como salía con un muchacho que vivía frente a la comisaría y el comisario lo impidió porque la conocía”.
Fue trasladado a un centro clandestino de detención, al que describió “como un garage”.
Allí fue torturado e interrogado sobre sus compañeros. “Yo gritaba y decía que no los conocía. Estuve un rato hasta que me desmayo. Era una cosa de casi todos los días”, relató Oscar. Estuvo en el Pozo de Quilmes. Contó que lo recorrió hace muy poco tiempo y fue “recordar todo” y “escuchar las voces de los compañeros”. No recuerda la fecha en la cual fue liberado, pero sí que fue junto a una chica. Los dejaron sobre una ruta y caminaron más de 30 cuadras hasta tomar un colectivo.
“Mi vida fue una pesadilla, vivía encerrado en mi casa, consumía calmantes para dormir… Un compañero me dijo que no podía estar así y me dio anfetaminas, eso me volvió a sacar de la sociedad. En todo ese recorrido empecé a consumir de todo hasta que llegué a la cocaína y termino paranoico cuatro o cinco años después”.
Luego, comenzó a trabajar en una institución de Lomas de Zamora y formó una agrupación de lucha contra las drogas. “Eso me permitió de vuelta llegar a militar. Lo que me sacó fue la militancia y lo que me destruyó fue la pérdida de mi hijo de 19 años”, amplió.
Domenico Favazza sobreviviente y hermano de Felipe Antonio, fue el siguiente testigo. Fueron secuestrados el 14 de septiembre de 1977, era trabajador de Peugeot y dijo que no tenía ningún tipo de militancia política. “Una patota interrumpe armado en la casa de mis padres, lo agarran a mi hermano, lo atan y lo vendan. Después preguntan por mí, yo tenía mi casa en el fondo del terreno, entran e inmediatamente me agarran, me tiran al suelo y me encañonan con un arma. Me dijeron que si tenía armas o propaganda, me mataban adelante de mi hijo (2 años) y mi esposa (embarazada de ocho meses)”, relató.
“Nos meten en el piso de un Ford Falcon y nos conducen a la casa de Luis Fernández y lo agarran también a él”, precisó. Fueron trasladados al Pozo de Quilmes, cosa que supo tiempo después. Una vez allí, fueron torturados con picana eléctrica en los genitales. “Me llamó la atención el olor a carne achicharrada”, admitió. También tuvo un breve paso por Banfield, luego fue trasladado a Alsina y a la Comisaría 9a de La Plata, donde les dijeron que estaban “expulsados”.
“Ahí comienza un calvario que llevo en carne propia. Tantos libros que leí sobre los nazis y en nuestra Patria no tendría que haber pasado esto. ¿Dónde está la Justicia? Yo no perdono. Recordando todo este calvario, quedamos mi hermano y yo marcados de por vida de esta injusticia que cometieron y no se vale, no es correcto. Por eso pido justicia, de una buena vez y que paguen todo ese grupo de genocidas que han arruinado miles de familias”, advirtió.
A modo de ejemplificar el drama, explicó: “El 15 de septiembre de 1977 nace Barbara Gisele, la conozco en el aeropuerto de Ezeiza de cinco meses. La libertad, mi hermano y yo, la encontramos sobre un jumbo de Alitalia”. “Muchachos, yo no se lo que pasó con ustedes, pero de ahora en adelante son ciudadanos italianos libres”, les dijo el comandante de la nave antes de entregarle los documentos. El 6 de febrero de 1978 llegaron a Italia.
Uruguayos exiliados, también detenidos y torturados
Alejandro Corchs Lerena es hijo de Elena Lerena y Alberto Corchs, uruguayos desaparecidos en Argentina durante la dictadura militar el 29 de diciembre de 1977. “Mis padres vivían exiliados en Buenos Aires, en principio de manera clandestina por el temor”, explicó, pero con el tiempo su padre consigue empleo en un laboratorio. El 27 de marzo de 1976 nació él. No formaban parte de la acción política en Argentina pero “de manera muy cuidada mantenían vínculos con otros uruguayos exiliados”.
Ella fue secuestrada por la mañana y el bebé fue dado a un vecino. Su padre fue detenido por la tarde, cuando llegó a a la casa. Estuvieron poco más de cinco meses detenidos, pasaron por los Pozos de Banfield, Orletti y Quilmes. Ella murió el 2 de mayo de 1978 durante una sesión de tortura, su padre fue subido a un vuelo de la muerte el 16 de mayo de 1978. “Los cuerpos fueron desaparecidos, es todo lo que supe”, detalló tras el relato.
En diciembre de 1978 le avisan a la familia que los padres fueron secuestrados. Viajaron a la Argentina y se pudieron llevar al pequeño a Montevideo, donde lo criaron. Alejandro remarcó que el gobierno uruguayo, ya en democracia, le informó que «los presos uruguayos eran torturados e indagados por oficiales uruguayos, como si hubiera una jurisprudencia de que si eran uruguayos debían ser represores uruguayos los que los torturaran».
