MALVINAS, POR DOS INGLESES

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Esta semana se cumplieron 40 años de la caída de Puerto Argentino. Después de haber repasado los puntos de vista argentinos, vale la pena repasar qué cuenta el libro de un par de corresponsales en la guerra de 1982.

Patrick Bishop y John Witherow llegaron a las Malvinas junto con las tropas británicas y regresaron cuando todo terminó. Corresponsales para The Observer y The Times, plasmaron sus coberturas en el libro La guerra de invierno (The winter war), en el que hacen continuas referencias a los ‘argies’ entre otros datos de interés, como el rol de Estados Unidos y los crímenes de guerra.

En la descripción del viaje por alta mar, señalan respecto de una parada:

“A los periodistas se nos había prohibido poner pie en la isla (Ascensión). La razón, suponíamos, era que el Ministerio de Defensa se preocupaba de que viéramos los aviones de transporte Starlifter de los (norte)americanos aterrizando días antes del anuncio del 30 de abril de que prestarían ayuda material a Gran Bretaña. La evidencia estaba a nuestra vista, donde un buque tanque (norte)americano había aparecido dos días antes de la publicitada decisión de Ronald Reagan”.

Acerca del ataque al crucero General Belgrano, anotaron:

“Pensamos que el hundimiento sería la clase de acción que demostraría a los argentinos la futilidad de continuar la lucha, por cuanto los primeros informes sugerían que el capitán del submarino había dirigido su torpedo hacia el mecanismo de dirección, de modo de anular la capacidad combativa para permitir a su tripulación que escapara. Pero a medida que la lista de víctimas engrosaba con cada boletín, las actitudes cambaron del júbilo al embarazo y, de éste, al desafío. Cuando comenté el daño que produciría a GB ante la opinión pública, un teniente replicó: ‘¿Y qué mierda esperabas? ¿Acaso debemos esperar que los argies sean rudos con nosotros primero para poder ser rudos con ellos?’. El incidente dejó un recuerdo amargo; los militares reverencian las reglas y no había modo de eludir que, al hundir el Belgrano fuera de la zona de 200 millas, habíamos fijado las reglas para luego quebrarlas”.

Fuego

El 1° de mayo las primeras patrullas SAS y SBS desembarcaron en las Falkland para averiguar el estado de cosas antes de la llegada de las fuerzas de asalto. Alguien recordaría que poner pie en las islas era una barrera psicológica real:

“Nadie sabía cuán buenos podrían ser (los argentinos…) Tres patrullas se concentraron sobre Puerto Stanley. Las restantes hicieron reconocimientos alrededor de Puerto Howard, bahía Fox, Goose Green y cala Bluff. Se escondían durante el día y se movían por las noches, acercándose a veces hasta algunos cientos de metros de las defensas argentinas para estudiarlas”.

A esa ‘inteligencia’ se debía la precisión informativa, aunque por fuentes locales posteriores se supo que los oficiales argentinos daban por hecho la existencia de espías, si bien no sabían de qué tipo ni dónde.

Por entonces, los corresponsales reportaron que había “informes de disentería, escasez de alimentos y virtual amotinamiento entre los conscriptos, que después se revelaron muy errados”.

Habrán estado errados respecto de que esos jovencitos pensaran sublevarse contra los genocidas capaces de estaquearlos, enterrarlos hasta el cuello o –de creerlo adecuado– hasta fusilarlos y hacerlos pasar por muertos en combate. En cuanto a los alimentos, el juicio de los corresponsales se debe a que, al final, comprobaron que había galpones repletos de víveres: “Tenías suficientes armas y alimentos para luchar y vivir durante meses”, evaluaron.

“Para el SAS, esta guerra significó un cambio sustancial de las operaciones antiterroristas y de entrenamiento de ejércitos del Tercer Mundo que había sido su ocupación principal en la década del ‘70”, anotaron sin reparar en la paradoja ante la que quedaron los represores locales.

Reconocimiento

Entre los británicos cundió el respeto hacia los pilotos, cuyos aviones llegaron a ser vistos “desde arriba” por los periodistas que estaban en el puente de uno de los barcos, lo que da una idea de la baja altura en la que incursionaban (a ello atribuyen que no estallaran todas las bombas incrustadas en los buques, ya que conllevan un mecanismo que se activa en altura).

“El coronel Vaux, al mando del Comando 42, dijo a sus oficiales: ‘Nunca pensé decirlo, pero debo sacarme el sombrero ante los pilotos argentinos; han estado increíblemente bravos’. Uno de ellos, Ricardo Lucero, de 29 años, fue capturado luego de eyectarse de su Mirage sobre el estrecho de San Carlos, se había destrozado la rodilla al salir de la cabina del avión y lo encontramos tendido en el hospital de campaña de Bahía Ajax –al lado de sobrevivientes del Antelope–, tratado con una mezcla de deferencia y curiosidad”.

Otro caso:

“Dos kelpers nos contaron que auxiliaron a un piloto argentino que se había arrojado en paracaídas; caído en el estrecho, nadó hasta la costa, donde pasó una noche enredado en las algas marinas, caminó al día siguiente para quedar atrapado en un pantano de musgo durante la segunda noche y llegar al tercer día a una granja. Vieron que sufría de luxaciones en el cuello, por la eyección, y llamaron a los argentinos. Dijeron ‘parecía un buen chico’, como si sorprendiese que no tuviera cola y cuernos de demonio”.

Ese relato en página 141 se torna más llamativo si se lo compara con la descripción que en la 154 hacen del frío:

“La lluvia, arrastrada por un fuerte viento, cruzaba horizontal a través de los páramos desiertos penetrando las ropas impermeables y empapando el interior de los refugios. El guardia Sean O’Hara aconsejó: ‘No se metan en sus bolsas de dormir si no quieren empaparla’. Nos tendimos al descubierto, mientras capa tras capa de nuestra ropa se empapaba. ‘Y ahora no vayan a dormir porque no volverán a despertar jamás’, agregó antes de dejarse caer. No exageraba. El día anterior, un guardia dormido en una trinchera no pudo ser despertado en la mañana; inconsciente por el congelamiento, debió ser revivido con respiración boca a boca”.

Cuando la guerra terminó, los prisioneros de guerra fueron transportados a Puerto Madryn en el Canberra (que la dictadura había “hundido”). Allí, un soldado preguntó la opinión inglesa sobre su combatividad.

“Contestamos que pensaban que algunos habían luchado con valentía y otros se habían rendido muy pronto. Meneó la cabeza y dijo: ‘Eran los cañones; nunca cesaban de disparar’”.

En ese barco, el periodista habló con Miguel García, de 19 años,

“… tenía diez hermanos, había llegado el 26 de abril en avión. Había sido transportado a Fenning Head, pero parecía tener muy poca idea acerca de lo que su unidad debía hacer allí. Estaba en una patrulla de doce hombres cuando se toparon con un grupo de SBS; ocho huyeron y cuatro quedaron con idénticas heridas en el muslo. Parecía muy probable que perdiera su pierna”.

Menos precisa fue la descripción de un soldado argentino que continuó disparando luego de recibir siete disparos de (fusil) Amalite, lo que impresionó a los británicos.

Periodistas

En los aviones que regresaban vacíos el 13 de junio –supieron los corresponsales del lado vencedor– se llevaron de regreso a los periodistas argentinos:

“Un reportero uruguayo, que permaneció en la capital después de que los ingleses la tomaran, nos contó que sus colegas habían salido a toda prisa. ‘Tenían mucho miedo’, dijo”.

Entre los británicos, hubo una constante competencia por comunicar sus notas a Londres.

“Se nos dijo que habría conflicto de intereses: Nuestro trabajo consistía en diseminar información y el del ministerio consistía en evitar su difusión. Fue un axioma demasiado exacto”, puntualizaron luego de opinar que su fuerza naval “hubiera preferido un encuentro privado con los argentinos, salpicado de algún comunicado ocasional emitido en Londres anunciando que las islas habían sido retomadas”.

Fallas de conducción

Cuando el Canberra arribó al estrecho de San Carlos, captaron un mensaje argentino que lo informaba. “Porqué no reaccionaron, es uno de los grandes misterios de la guerra”, apuntaron los cronistas que señalan al gobernador Mario Menéndez como quien desatendió la posibilidad de desembarco allí.

Desde aquella perspectiva, creen haber ganado más por la impericia de la conducción argentina que por la superioridad de su armamento, que relativizan:

Luego de la capitulación del día 14, aunque el acta de rendición se firmó a la madrugada del 15, describen:

“Puerto Stanley estaba cubierto de armas argentinas. Camino al aeropuerto encontraron cohetes Exocet. Cuando se intentó recuperarlos se vio que, listos para ser disparados, apuntaban a la Casa de Gobierno. Si alguien hubiese apretado unos botones, el Cuartel General de la isla hubiera sido borrado del mapa. La mayor parte del armamento era de mejor nivel que el de los ingleses, aunque no tan bien cuidado. Un ingeniero me comentó que estaba impresionado por los equipos de radar y de comunicaciones argentinos. (…) La gran cantidad de munición hallada desvirtuó los informes acerca de su carencia. Después de todo, los Hércules habían estado volando a las islas y transportando suministros hasta el día anterior a la rendición”.

Los periodistas también tomaron notas de las divergencias entre las tropas de su país:

“Hubo amargas acusaciones: los paracaidistas acusaron a los infantes de marina de haber tenido una guerra suave; los infantes les endilgaban imprudencia y temeridad en el ataque a Monte Longdon, donde desperdiciaron las vidas de los soldados. Ese sentimiento obligó a separar a las fuerzas en el regreso a Inglaterra; unos, en el Nortland; otros, en el Canberra”.

En retirada

Los kelpers (isleños) relataron sus molestias porque la radio comenzó a emitir en español, trajeron pesos como moneda y manejaban por la derecha en las calles. El sacerdote Daniel Spraggon puntualizó:

“¿Quién puede querer una dictadura cuando se tiene libertad y democracia? Aquí no existen el crimen ni la pobreza. No hay violencia política, no hay desaparecidos”.

Eso también incidió en la isla del norte, donde el pueblo británico que dudaba de una guerra tan lejana, terminó por aceptarla: “Los argumentos de vengar una afrenta, expulsar a un invasor y liberar a un pueblo ocupado, eran muy emotivos”.

En el sur, mientras la capilla y otras viviendas fueron baleadas por conscriptos atemorizados, los habitantes reconocieron que nunca abusaron, salvo algún faltante de nimiedades que, en general, era por hambre. Otros contaron que “los oficiales argentinos trataban a los soldados como a una especie inferior. En tanto comían y bebían a satisfacción, los conscriptos buscaban comida en los tachos de basura”. Una pareja dijo haber visto a un soldado ametrallado por sus compañeros, pero –agregan los autores– “uno ya se sentía poco inclinado a creer o a descreer todo lo que se dijera”. Faltaba una década para que se conociera el crimen del soldado Omar Carrasco a manos de sus compañeros.

Aunque es posible que por rencor acusaran a los argentinos de todos los desastres, los autores apuntan que la mayor destrucción fue causada por los bombardeos desde buques ingleses.

El peor legado argentino son las minas antipersonales de plástico enterradas al azar, mucho más difíciles de detectar que las metálicas. Se evaluaron métodos para desactivarlas, pero ninguno de total efectividad. El mayor de ingenieros Rod McDonald lamentó:

“Sentiría que he fallado si dentro de algunos años un niño estallara la última mina restante”.

Los autores, a 40 años del inicio de sus carreras como corresponsales de guerra.

Después

A partir de esta guerra, Bishop inició una carrera como corresponsal de guerra; co escribió un libro sobre el IRA y luego se largó solo a la firma de cuatro volúmenes sobre la RAF; dos de ellos sobre la 2GM, de la que también profundizó en el hundimiento del acorazado más preciado de Hitler y la historia de fuga de un prisionero de guerra; además de la biografía del espía Airey Neave, El hombre que fue sábado. Publicó un par de volúmenes sobre el desempeño británico en Afganistán e incursionó en un par de novelas.

En cambio, el sudafricano Witherow, quien de pequeño emigró a Australia y Gran Bretaña, donde estudió en la Universidad de York y trabajó en Reuters, había cubierto la guerra Irán-Irak (1980) para The Times, antes de embarcarse en el portaaviones Invincible a las Malvinas. Después del libro que editó con Bishop, hizo otro en colaboración, La guerra del Sunday Times en el Golfo: una historia pictórica (había ascendido a editor de ese periódico en 1994). Una década después, por decisión de Rupert Murdoch, llegó a la jefatura de The Times, para el que de inmediato ganó el Premio de la Prensa al Periódico del Año (2014).

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