NARVAJA CUENTA: UNA SIRENA EN EL PEJERREY

Nunca conocí el color celeste

Por Adriana Sylvia Narvaja periodista y escritora de Quilmes

Es así, amigo. El amor es algo difícil… –dijo el ingeniero tomando cerveza de su lata, suspirando resignado.

Y sí… a todos nos pasó. Qué se va a hacer… –le contestó su amigo técnico mecánico, tomando a su vez cerveza de su lata.

Ambos estaban sentados en las escaleras de mármol del río de Quilmes. Era el atardecer, no había nadie. En general no hay nadie los días de semana. Pero al ingeniero Luis Cordobán lo habían despedido hoy, y su amigo José había decidido acompañarlo, para no dejarlo solo en tan difícil momento. El motivo del despido no lo sabían pero se lo imaginaban: la crisis económica. Que es la misma de siempre, pero año a año empeora. Y destruye sueños, y familias, y carreras profesionales, y metas personales, y la vida de todos. La Argentina nunca deja de caer, baja siempre por un tobogán interminable…

Ché, José, ¿A vos no te dijeron nada? ¡Tenés suerte, seguís laburando entonces! –dijo el ingeniero. Se alegraba, José era un buen tipo y no ganaba mucho. Apenas para sostenerse con su familia, su mujer y sus dos hijos. Eso era bueno. Él, Luis, no tenía hijos, su mujer no quería. Decía que no le gustaban los chicos… ni los perros, ni los gatos, ni nada.

Por ahora no me dijeron nada, toco madera sin patas…Y no hay madera acá para tocar, ¿podés creer? –José intentaba reírse, pero no se reía, sólo hacía chistes para pasar la situación. Si habían echado al ingeniero, ellos, todos los demás, estaban colgados de un piolín.

Pero el tema del amor se había colado también en la conversación. Como al ingeniero lo habían despedido, su mujer, Carla, le había gritado por teléfono y le había enviado una larga ristra de improperios por whatsapp. “Tan comprensiva ella, como siempre…” –había contado el ingeniero Luis al amigo José. “Yo la llamo Carlota, porque de Carla no tiene nada; creo que una vez vi un cuadro de una reina o qué sé yo que se llamaba Carlota, y como ésta tiene tantas pretensiones…” –se lamentó Luis. Además, intuía que ella lo engañaba con el jardinero (en los countrys los jardineros son sensación), o con el piletero (en los countrys las mujeres se disputan al piletero) o cualquiera que anda por ahí. O con todos. Quién sabe…

A él seguro no lo quería, al menos desde hacía rato. Él se levantaba para trabajar en la fábrica (de donde lo habían echado), se bañaba, se vestía, se preparaba un café, leía el diario así nomás por encima, agarraba sus llaves y su maletín y se iba. Carla ni siquiera se

levantaba, ni lo saludaba. Luis creía que se hacía la dormida para no despedirlo. Bien podía ser. Del amor al odio hay un paso muy breve, una línea muy fina que es muy fácil cruzar…

¿Sabés qué pasa, José? El amor, para conocerlo bien, hay que vivirlo en la infancia. Yo no tuve esa suerte: mi vieja era muy débil, mi viejo nos pegaba a veces, y ella no decía nada. La tenía dominada a la pobre, así murió. Ni siquiera la lloró cuando la velamos. Nosotros, mi hermano y yo, nos queríamos morir con ella. Pero él, nada, como “hombre duro” que decía que nosotros teníamos que ser… y que no éramos, por culpa de la pobre vieja. Al final, la pobre se murió por él. El andaba por ahí, a mí me contaban que iba de levante al boliche ése donde había coperas al fondo, ése que ahora cerraron. La plata nunca aparecía, pero yo creo que iba para ahí. Pobre la vieja… –dijo Luis, y se lamentó.

En mi casa pasó algo parecido… Es la época, qué querés. Hoy lo llaman machismo, no sé, pero antes todo era así. La vieja no te castigaba, pero cuando venía tu padre te cagaba a cintazos. Todos los conocidos míos lo vivieron. O muchos, no todos, pero muchos… –respondió José.

Y bueno, es lo que te digo. El amor es como los colores, si ves bien, tenés que ver los siete del arcoiris. O los siete y algunos más, como el celeste. Entonces, cuando sos grande, encontrás el celeste porque lo conocés de chico. Yo nunca conocí el color celeste, te digo. Y así, como yo, muchos van por la vida sin encontrar ni el amor ni nada. Porque no saben qué tienen que buscar. Mirá mi mujer. Ella tampoco lo vivió, el padre era alcohólico y la madre no sé. Se casó conmigo, porque quería escapar de esa vida y vivir una vida mejor, con plata, auto, casa en el country, todo eso. Por ahí la pobre mina cree que con plata va a ser más feliz, qué sé yo. Hoy la llamé para avisarle que me habían echado, y me dijo de todo. Que me muera yo, no le interesa. Pero que no se le caiga el castillo de Cenicienta, porque es lo último que le puede pasar –se lamentó Luis.

Puede ser, no sé, yo no la conozco –dijo José muy serio. La vida no es fácil para nadie. El técnico se tomó lo que quedaba de cerveza en el fondo de la lata, la tiró al cesto y la embocó justo. Es todo cuestión de embocarla, también. Con mi mujer tenemos nuestros problemas, no vayas a creer. Los pibes dan trabajo, dan gasto, joden todo el día, la casa que hay que mantener limpia, el perro que hace pis en los rincones, qué sé yo. Pero bueno, todos vivimos lo mismo: las boletas de los servicios que se apilan, el PAMI para la mamá de ella, el colegio que siempre aumenta y vos ves que los pibes no saben nada, ni leer saben. Nosotros los llevamos a los Museos, para ver si aprenden algo, les compramos una computadora, a ver si se despiertan, pero nada. Ellos están con el celular, y punto. Antes se pasaban el día viendo Los Simpson, ahora ni eso. Pero es lo que le pasa a todos. Al menos, los muchachos comentan todos lo mismo… –y ahí nomás José se arrepintió de haber nombrado a los muchachos, porque eran todos los compañeros de la fábrica adonde Luis ya no iría a trabajar.

Carla ni siquiera quiso tener hijos, decía que la hacían ver más vieja y que no podría salir con las amigas. Que le arruinaba el cuerpo y que le iban a salir arrugas. Decía que entonces yo no la iba a querer… ¿Qué tienen que ver las arrugas con querer? Pero bueno, ahora tengo que volver y contarle de nuevo lo del despido… –dijo Luis y se paró para caminar hasta la camioneta.

Quedate tranquilo, Luis, ya vas a ver que todo va a mejorar. Cuando se cierra una puerta se abren dos ventanas, ¿no? Quién te dice que todo esto es para mejor… –José intentó mostrarse optimista. Luis había sido siempre un buen amigo, le había conseguido trabajo cuando él se quedó en la calle, en la otra fábrica. Él intentaba mantener el ánimo de la conversación. No era fácil…

No te preocupes, che. Ahora me voy a casa tranquilo, y que sea lo que Dios quiera. Vos andá tranquilo, José, ya me acompañaste y nunca me voy a olvidar de esto. Y cuidá bien tu familia, que es lo único que uno tiene, te digo… –Luis se arregló la ropa, y caminó hasta el cesto para dejar la lata de cerveza. Volvió sobre sus pasos, abrazó a José, y éste se fue directo hacia su autito. De allí, a casa.

Cuando lo vio irse, el ingeniero sintió una gran tristeza. Pensó (o sintió) que no volvería a verlo. A la empresa no iba a ir, en la semana iban a depositarle su dinero en su cuenta, y no quería ir a despedir a los muchachos. Era un momento triste y no lo quería vivir. Ni hacérselo vivir a ellos, ponerlos en esa incomodidad. Mejor dejarlo así…

La noche había llegado, no hacía frío. Se quedó un rato caminando por la arena y llegó al borde del río, que se había retirado un poco antes de subir. Vio unas piedras grandes, y oyó, o le pareció oír, un llanto muy quedo. Pensó: “algún desgraciado abandonó un perro, lo de siempre, maldito”, y enojado como estaba, triste también, se fue caminando hasta las rocas, sabiendo que era un peligro porque siempre había gente robando en el río. Pero se acercó igual. Total ¿qué iba a perder? Dinero no tenía, un celular medio viejo, las llaves del auto, en fin…

Cuando llegó a las rocas, vio, en la oscuridad, algo tornasolado. Era la cola de un pez. No, era una mujer con cola de pez. No, era una sirena que lloraba. Se quedó parado, helado, mirándola. No supo qué hacer. No dijo nada. No era un extraterrestre, no era un dragón, era una sirena de cola tornasolada. Se secaba las lágrimas con las manos.

¿Qué hacés aquí? –preguntó él, temblando. Era hermosa, sin duda. La piel blanca como una perla, el cabello un poco rubio, un poco colorado, muy largo. Los ojos eran como gemas, sí, como topacios. O algo así. Él no pensaba, no podía pensar. Las ideas le iban pasando por la mente, pero él no podía atraparlas.

Ella lo miró, y dijo (en lo poco que conocía el idioma) que se había perdido aquí, que venía del mar. Sus ojos de topacio azul volvieron a llenarse de lágrimas. Él no sabía qué hacer, miró en todas las direcciones, porque alguien podía venir a llevársela, quién sabe adónde. O venir a maltratarla. No podía irse. Se quedó clavado en la arena. No se podía ir.

Yo soy Luis, tengo el auto acá cerca… –dijo Luis, lo primero que se ocurrió. Claro, vos no podés subir al auto. No, mejor que no te vean, quizá te llevan al Zoológico o quién sabe adónde. Si los animales sufren tanto en este mundo, quién sabe lo que ella podría sufrir. No, mejor quedarse aquí.

No tengo nombre…–dijo ella. Vivo lejos, pero me perdí, soy del mar. No sé cómo llegué a este río…

¿Y a quién hay que avisarle para que te vengan a buscar? –preguntó él, intrigado.

A nadie. Nadie va a venir por mí. Yo apenas conozco el idioma de ustedes, lo escuché alguna vez, mientras en algún barco los marineros hablan por la noche. Pero no tengo a quién llamar…

Era tan, tan bella. Su cola tornasolada tenía reflejos rosados. Luis recordó un video de un lugar sagrado, en alguna parte en México o quién sabe dónde, que se llama Rosalila. Decidió ponerle ese nombre, al menos para entenderse con ella. Se lo dijo.

Te voy a llamar Rosalila, que es un nombre que escuché en la televisión el otro día… Tu cola tiene esos colores –dijo él. No podía dejar de mirarla.

Está bien, cualquier nombre está bien… –dijo ella con su suave voz. La luz de la luna pronto comenzó a reflejarse en su piel.

Pero acá no te podés quedar… es peligroso. Hay mala gente y te van a hacer daño… Te tenés que ir –dijo Luis deseando que jamás se vaya. ¿Estás muy lejos de tu casa?

No sé, me perdí. Debo volver al mar, esta agua de río no me hace bien. Y además, aquí hace frío –dijo ella, tomándose ambos brazos.

En ese momento sonó el celular. Era Carla. Los insultos no tardaron en llegar. Que dónde estaba, que por qué no venía, que no fuera cobarde y le viniera a contar qué corno había pasado con el trabajo, que cómo iban a pagar las expensas del country, que mañana hay que pagarle al jardinero y ella plata no tenía, que la comida se enfriaba, que también hay que mandarle plata a la madre de ella, en fin…

Él no atinaba a decirle nada, la dejaba hablar. La mirada la tenía en los ojos de topacio azul que lo miraban. Al fin, cuando Carla tuvo que detenerse para poder respirar, él le dijo que no iba a ir, que necesitaba ir a tomar algo, que no lo esperara despierta. Nueva lista de insultos. No, no iba a volver pronto. Tenía que pensar…

Entonces se le ocurrió una idea que le salvó la vida, como después pensó. Llamar a su amigo Reinaldo, que tenía una embarcación, muy pequeña pero hermosa. Varias veces los había invitado a Carla y a él, y habían recorrido la Ribera. Era tarde, pero era urgente. Lo llamó y al fin lo encontró.

Reinaldo, qué tal, mirá, no te asustes, habla Luis, el ingeniero, ¿te acordás?

Sí, Luis, ya te reconocí la voz, pero es tarde, ¿qué pasó? Ya me iba a acostar…–dijo Reinaldo asustado.

Mirá, me tenés que ayudar, Reinaldo, vos sos mi amigo. Me tenés que prestar tu barquito…

¿Mi barquito? ¿A esta hora? ¿Para qué lo querés?

No te puedo contar ahora, venite a la Ribera, vos estás cerca, yo estoy acá, enfrente del bar donde nos juntamos tantas veces. Vos tenés que traerme el barquito hasta las piedras…

¿’Tas loco, vos? ¿A esta hora, con lo que roban en el río? Llego, pero no vuelvo sano…

–Sos mi única oportunidad, Reinaldo. Vos traés el barquito hasta aquí, y yo te doy mi camioneta. A vos siempre te gustó mi camioneta, yo te la cambio. Traé los papeles también…

¡’Tas demente! Decí que sos mi amigo, y que la camioneta es hermosa, que si no, no iba…

Vení como sea, avisame cuando llegás a la avenida Cervantes, yo estoy acá –dijo el ingeniero.

¡Ahí voy! –dijo Reinaldo, resoplando. Iría. Qué otra cosa podía hacer.

Luis le dijo a Rosalila que se escondiera entre las piedras. Él iba a ayudarla, pero nadie tenía que verla. Si no, iban a llevársela y quién sabe dónde iba a terminar. Por ahí venía el FBI (ella no sabía qué era el FBI) o la Policía Federal (ella no sabía qué era la Policía Federal), más todos los periodistas y todavía más. No, había que actuar, y actuar rápido.

Cuando Reinaldo llegó, él salió a encontrarlo a la escalinata de mármol, para que no vea a Rosalila. Reinaldo era bueno, pero era difícil que no contase lo que estaba pasando, porque era muy buenazo y no pensaba las consecuencias de esto: una sirena de cola tornasolada que por ahí terminaba en el Zoonosis o en el Museo… disecada.

Luis le explicó adónde debía llevar el barquito, ahí, a las piedras. Que sí te van a dar el barco, cómo no. Vos andá adonde está la amarra, y lo traés. Yo te espero. No. No puedo ir con vos. Pero te digo que hoy te llevás la camioneta, Reinaldo. Me dejás sacar los documentos de la gaveta y te la llevás. Ya mismo te la dejo aquí estacionada, y cuando vengas te doy la llave. Sí, después te firmo lo que quieras, no te hagas problema, andá, y no tardes mucho… Toda esa parrafada le dijo Luis, mientras lo empujaba hacia el Pejerrey Club, recomendándole que se apurase.

Después de mucho esperar, y sin saber cuán difícil fue conseguir que un día de semana, en la noche, le den su barquito a Reinaldo, éste apareció y se detuvo en las rocas. Debajo, asustada, estaba Rosalila. Pero él le había dicho que no hiciera ruido, que no hable, que no llame la atención. Subió Luis por las rocas, abrazó a Reinaldo, y le dio las llaves de la camioneta.

Vos, si te preguntan, le decís que yo te la di la camioneta. No te hagas problema. ¿Tenés los papeles del barco? Yo acá tengo mis documentos. Bueno, andá. Si te preguntan, les contás la verdad, que yo te pedí el barquito y que te di mi camioneta, tal cual pasó. Y nada más… –dijo Luis, mirando hacia todos lados, temiendo que apareciera alguien, o se complicara todo.

Pero… ¿vos te acordás cómo se maneja el barco? –dijo Reinaldo inquieto. La cosa no le gustaba.

Sí, viejo, de verte a vos manejarlo me lo sé de memoria, no hay problema. Andá, andá, mirá, ahí te espera la camioneta. Ojo, no la dejes en la calle, mirá que hay mucho chorro suelto y no es hora para andar fuera de casa, menos por acá…

¿Y si no es hora para qué me decís que venga? –resopló Reinaldo.

No te puedo contar ahora, ya te voy a decir en otro momento… –dijo Luis, lo ayudó a bajar del barco y llegar a las rocas. Luego lo abrazó y lo dejó partir, mirando cómo se alejaba.

Cuando se aseguró que nadie miraba, fue a ver a Rosalila y la levantó en brazos. Era tan, tan hermosa, y lo miraba. La subió al barquito, y lo puso en marcha, rumbo al horizonte. Llegaría a alguna isla cerca de Brasil, donde hiciera calor y no hubiera gente. O más al Norte. O donde fuera.

Algún lugar adonde hubiera mar, mar cálido y soleado. Aquí ya no tenía nada que hacer. El barco tenía cañas de pescar, pescaría. Lo importante era salvar a Rosalila, y salvarse él.

Puso rumbo al horizonte, mientras la Luna iluminaba como un enorme farol. En la cubierta, la sirena ya no lloraba. Él le dijo que irían al mar, que ella le fuera diciendo si necesitaba bajar al agua o lo que fuera. Débilmente, Rosalila sonrió, y él se dio cuenta, por primera vez en la vida, que amaba a algo o a alguien; que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.

Mañana saldría el sol, Rosalila podría bajar al mar, y luego volver. Él no volvería jamás a su vida anterior. No más Carla, no más gritos, no más vivir sin vivir.

Era como conocer el color celeste. Que él no había visto nunca, pero hoy tenía la oportunidad de conocer…

Y que sea lo que Dios quiera.


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